Juan Pablo II
Recordando al que se nos dio "hasta el extremo"
Xavier Zavala Cuadra
Nueve días bastaron a Juan Pablo II para iniciar una revolución política que cambiaría la historia del mundo, los nueve días de su primera visita a Polonia como Papa en junio de 1979. Pero no había llegado a Polonia como político sino como pastor y su interés era apelar al hombre interior de los polacos, a su corazón, recordándole la verdad de su milenaria identidad cristiana, y así fue cómo encendió el fuego de la revolución de las consciencias, revolución interior que diez años después se manifestó en la revolución política no violenta de 1989. Les recordó la verdad de su identidad porque tenía la convicción de que la verdad libera al hombre, y esa convicción fue la columna vertebral de su pontificado.
La verdad. La verdad del hombre. Cristo nos enseñó a buscarla en nuestro interior: "Bienaventurados los limpios de corazón" (Mt 5:8), "lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre" (Mt. 15:18). Juan Pablo II buscó siempre en el corazón de los hombres la explicación de los hechos externos del hombre, la explicación de la historia, y por eso dio tanta importancia a lo que él llamaba la "cultura", cuyo núcleo es la actitud del hombre ante el misterio más grande, el misterio de Dios.
Precisamente en el corazón de los hombres descubrió él las raíces de los males del mundo actual: "estas críticas van dirigidas no tanto contra un sistema económico cuanto contra un sistema ético-cultural" (Centesimus Annus, n. 39). (Sospecho que este descubrimiento es una bomba de tiempo de cuyo alcance aún no se han percatado suficientemente las mentes de clérigos y laicos. A la luz de este descubrimiento, por ejemplo, la solución de la lacerante pobreza hay que buscarla en el "sistema ético-cultural" y en los que han dado forma a ese "sistema ético-cultural": principalmente predicadores, educadores y comunicadores. Otros ejemplos serían el de la corrupción, el de la irresponsabilidad, el de la vagancia, el del yo-que-pierdismo.)
"Por esto, la primera y más importante labor se realiza en el corazón del hombre , y el modo como éste se compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene de sí mismo y de su destino. Es a este nivel donde tiene lugar la contribución específica y decisiva de la Iglesia en favor de la verdadera cultura. Ella promueve el nivel de los comportamientos humanos... " (Centesimus Annus, n. 51).
La visión que tenía Juan Pablo II del hombre contemporáneo es grandemente elocuente con respecto a nuestro sistema etico-cultural. "El individuo, hoy día queda sofocado... entre los dos polos del estado y del mercado... da la impresión... de que existe sólo como productor y consumidor de mercancías, o bien como objeto de la administración del estado" como si el fin último de la convivencia entre los hombres fuese el estado o el mercado. Pero la convivencia entre los hombres "posee en sí misma un valor singular a cuyo servicio deben estar el estado y el mercado. El hombre es, ante todo, un ser que busca la verdad y se esfuerza por vivirla y profundizarla en un diálogo continuo..." (Centesimus Annus, n. 49).
El hombre, creado libre, debe buscar la verdad para que lo libere. ¿Cómo es esto? "La razón y la experiencia muestran no sólo la debilidad de la libertad humana, sino también su drama. El hombre descubre que su libertad está inclinada misteriosamente a traicionar esta apertura a la Verdad y al Bien, y que demasiado frecuentemente, prefiere, de hecho, escoger bienes contingentes, limitados y efímeros. Más aún, dentro de los errores y opciones negativas, el hombre descubre el origen de una rebelión radical que lo lleva a rechazar la Verdad y el Bien para erigirse en principio absoluto de sí mismo: 'Seréis como dioses' (Gn 3:5). La libertad, pues, necesita ser liberada. Cristo es su libertador: 'para ser libres nos libertó' él (Ga 5:10)" (Veritatis Splendor, n. 86).
Cristo es, pues, la verdad total y final del hombre, la que lo libera. Así nos lo propuso Juan Pablo II con palabras y hechos el primer día de su pontificado, y así nos lo propuso, ya sólo con hechos, el último.
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Dos breves recuerdos más, ya no sobre el contenido de su enseñanza sino sobre el modo de enseñarnos. 1) Salió a buscarnos por todos lados y con todos los medios a su disposición. 2) No sé cómo referirme a este otro "modo" porque no sé en qué consistió, sólo conozco su resultado: los que recibimos sus enseñanzas las recibimos "personalmente", como dichas a cada uno de nosotros; sólo así me explico lo que supimos y vimos en los días pasados, millones de personas participando en misas, rosarios y oraciones en todas partes del mundo, o haciendo filas por quince horas en Roma para pasar unos segundos frente a su cuerpo muerto; aunque eran miles, no estaban "por miles" ni "por decenas" sino "por persona"; cada quien estaba solo entre la multitud para decir al Papa ido algo muy "personal".